¿Sobrevivirá la Democracia al Big Data?

La victoria de Emmanuel Macron en las recientes elecciones francesas frente a Marine Le Pen ha representado un revés contra el impulso creciente del populismo y la intolerancia, después de las victorias del Brexit en UK y Trump en USA, así como un respiro muy bienvenido para aquellos que creemos en un mercado común y una Europa unida.

Los franceses logran mantener su autoridad moral e intelectual frente a Estados Unidos, en un debate que serenos nos lleva a los USA renombrando sus “French Fries” a “Freedom Fries” cuando Francia se opuso en el 2003 a la invasión de Iraq, y con unas copas de más nos remonta de favor en agravio hasta la Segunda Guerra Mundial. Pero más allá de eso, Francia cuenta con una oportunidad excelente, que raramente se repetirá, de reformar antiguas instituciones y encauzar su futuro en las vías del liderazgo en innovación, ciencia y tecnología, galvanizando de paso a todos aquellos desencantados por el giro conservador en el país que hasta hoy es referencia mundial. Ójala nos cayera en España la mitad de esa breva. Aunque claro, ya saben aquello de que los pueblos tienen a los gobernantes que se merecen: nos queda mucho trabajo antes de poner reclamaciones.

Pero debo confesarles que he permanecido pávido hasta el último momento ya que, habiendo pasado las elecciones en tierras francesas, me temía lo peor. Escuchando los medios de comunicación así como dialogando con amigos y conocidos, no me sorprendía tanto el apoyo declarado a Le Pen como la amplia incapacidad del electorado para distinguir entre los programas políticos de uno y otra. Incluso después de la primera vuelta, expresiones cómo “se trata de elegir entre la peste y la cólera” o “da igual porque son todos unos corruptos” estaban al orden del día. ¿Pero cómo va a ser lo mismo elegir entre una persona que defiende la integración, la apertura y el liberalismo, y otra que postula la autarquía, el cierre de fronteras y el socialismo nacional (lo escribo en este orden para que nadie se altere)?

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También veía que en las redes sociales, donde se diseminaban todo tipo de mentiras sobre ambos candidatos, Le Pen contaba con una tremenda ventaja en popularidad, y se despertaban los fantasmas de la elección Norteamericana, en la que todas las encuestas respetables daban por ganadora a Hillary, pero Trump reinaba en el social media. El resultado posterior fue una bofetada en la cara de los data scientists y de aquellos que, como yo, creían en la infalibilidad de sus previsiones, subestimando el voto oculto por un candidato y el compromiso real por el otro. Un gran tortazo que pone en cuestión la noción misma de que el comportamiento humano se puede reducir a datos, y de que más información nos ayudará a construir un mundo mejor. Aquí puede que incluso fue un detrimento al causar una falsa sensación de confianza. Profesarse demócrata y hacer el esfuerzo de ir a votar no son lo mismo.

Aún con las mejillas calientes llevó un tiempo percibir cuán profunda es la madriguera que nos lleva a esta realidad paralela en la que hoy vivimos, poblada por alternative facts y fake news, para nada un país de maravillas sino un mundo bien aterrador. Intentemos comprender qué está sucediendo.

La revolución digital ha eclosionado con un resultado bien particular: la cantidad de información que se produce se dobla cada año. Esto quiere decir, por ejemplo, que en el 2016 hemos producido tantos datos como en toda la historia de la humanidad hasta el 2015. Hemos creado toda la ciencia del Big Data precisamente para que los computadores sean capaces de ingerir toda esta información. ¿Y los seres humanos? De acuerdo, una inmensa mayoría son instantáneas de gatos en Pinterest, fotos de platos de comida en Instagram, bromas ridículas de Twitter y comentarios ofensivos en YouTube. Pero ante el flujo imparable de información día sí y día también nuestra mente, ya no muy entrenada para discernir sutilezas, simplemente se rinde y ni siquiera se esfuerza en valorar qué es verdadero. No hay tiempo porque enseguida viene otro chorro informativo. Así nuestra atención queda reducida a lo chocante, impactante, pero que a su vez – y eso es crítico – no cuestiona nuestra visión del mundo, porque eso implica demasiado esfuerzo analítico.

El efecto se ve acrecentado porque la aldea global que Internet era en su momento se ha visto reemplazada por islas herméticas que cada vez se alejan más. Nuestro feed de Facebook, nuestras búsquedas de Google y un largo etcétera están personalizados en base a nuestras interacciones anteriores, con lo que consumimos contenido que ya está en línea con nuestras creencias. Sin ser conscientes de ello, nos encontramos en una cámara de resonancia, cada vez más aislada, en la que sólo puede escucharse nuestro propio eco. Las noticias falsas, la ignorancia, el miedo y la xenofobia campen a sus anchas sin que se ofrezca ninguna visión contraria, ningún contrapeso.

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Esto da espacio para todas las teorías de la conspiración que pueda imaginar, a cada cual más absurda. Que si Macron va a eliminar las becas y la educación pública. Que si Obama tenía un ejército de negros financiado por la ONU para tomar el poder. Que si Hillary usaba códigos secretos en sus emails para operar una red de pederastas. Incluso si después de unos días estas historias se refutan, todavía tienen tiempo de infectar la mente de miles de incautos. ¿Y si fuese verdad? Tal vez la genialidad de Trump consiste en la hipocresía de acusar a todo la prensa de falsear las noticias, cuando es el primero en repetir las historias más absurdas mientras le beneficien e inventar las conspiraciones más absurdas, como las supuestas escuchas ilegales de Obama.

Una sociedad al estilo de Minority Report en que los tecnócratas que se sirven de la información para controlarnos es espeluznante, estamos de acuerdo. ¿Pero acaso no le es también un mundo en el que el Big Data se usa para confundir y desinformar? Conviene preguntarse quién se beneficia del clima actual, porque no piensen que es un efecto fortuito. Hay negocios enteros montados con el único propósito de expandir noticias virales falsas, tan chocantes que nos empujan a leer, compartir, infectar a otros sujetos. Y no me preocupa tanto el click-bait que después busca desplumar al incauto lector con un método infalible a base de hierbas naturales para alargar su miembro, como las mucho más oscuras motivaciones políticas. El resultado de las fake news es una polarización extrema como se puede observar a día de hoy no sólo en la sociedad Norteamericana sino también en la Española, con partidos tan enfrentados que los compromisos políticos resultan casi imposibles, acabando en la fragmentación, posiblemente incluso en la desintegración de las sociedades. Y eso beneficia a los padres salvadores de la patria, que siempre están a mano para vendernos seguridad a cambio de nuestra libertad.

¿Cómo combatimos contra la presente ola de desinformación y populismo, como hemos visto tan íntimamente relacionados? Obviamente lo más deseable sería educar mejor a los individuos para que tomasen mejores decisiones. No podemos erradicar por completo nuestra propensión a pensar en base a estereotipos, porque es mediante estereotipos que el cerebro funciona de forma inherente. Antes no había extranjeros, ahora sí, con lo cual mi falta de empleo se debe ellos. La única forma de limitar los efectos de los estereotipos erróneos es enseñar a reconocerlos, desarrollar el pensamiento crítico, la empatía y sobre todo el escepticismo, que está en la esencia misma del método científico; la única forma sólida que tenemos de separar entre ficciones y hechos.

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Una democracia no florece sin unas condiciones básicas, y necesita de un electorado adulto, educado y suficientemente formado para poder elegir de manera inteligente entre las diferentes opciones. Pero eso requiere mucho tiempo, y además la educación no parece estar entre nuestras presentes prioridades como sociedad. También hemos de aceptar que siempre habrá una parte significativa de individuos que preferirán no educarse. Una alternativa más realista e inmediata consiste en salir de la burbuja que constituyen nuestras vidas en línea y no ceder el espacio común a los demagogos y las noticias falsas. No sucumbir frente a los estereotipos, la ignorancia, las mentiras, especialmente cuando vienen disfrazados de humor inofensivo que compartir con los amigos mediante un inocente mensaje de Whatsapp. Los hechos cuentan, son la única base posible para el diálogo.

Las palabras de Stuart McMillen, el autor de “Divirtiéndonos Hasta Morir”, tienen hoy más autoridad incluso que en los años ochenta. Durante la Guerra Fría temíamos que el futuro nos deparaba un Gran Hermano, la distopia social que George Orwell había esbozado en “1984” y el comunismo parecía representar. Pero la realidad alternativa en la hemos terminado sumergidos encaja cada día más con la que Aldous Huxley dibujó de forma brillante en “Un Mundo Feliz”. No es necesario ocultar la verdad, porque nadie puede reconocerla en un océano de irrelevancia. No hace falta censurar la información, ya que hay tanta que renunciamos a procesarla y nos refugiamos en distracciones fortuitas.

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