Apología del Comercio (Parte 1)

 

Recientemente he tenido la ocasión y el placer de leer Los Enemigos del Comercio, obra de una profundidad y un rigor impresionantes, en la que su autor Antonio Escohotado se remonta a la historia remota para trazar y exponer los orígenes de lo que se convertiría en la enemistad frente al capitalismo que hermana a nacional-socialistas, comunistas, y tantas otras ramas del socialismo utópico.

Les recomiendo encarecidamente que compren el libro porque esta exploración se encuentra repleta de lecciones que no pueden perderse. Eso sí, reserven un tiempo sosegado porque el texto es más adictivo que una bolsa de patatas fritas y el lenguaje de Antonio, a quien admiro como filósofo, es tan rico en la expresión como preciso en el matiz, algo más de agradecer en los tiempos que corren.

Seguramente le costará apartar los ojos de la página hasta que haya terminado los tres volúmenes enteros con sus correspondientes notas al margen. Mientras tanto aquí tienen unas líneas sobre aquello que considero más fascinante y sorprendente.

El Imperio de los Esclavos

La esclavitud no es algo que compartan las civilizaciones antiguas, y basta mencionar a Ciro el Grande para ver que incluso grandes imperios podían prescindir de ello e incluso prohibirlo. Sin embargo, el eventual éxito de las legiones Romanas pareció confirmar que los sabios de Egipto, Grecia, Persia e Israel estaban equivocados, y que la sociedad esclavista era tan deseable como sostenible.

Pero la desvinculación entre esfuerzo y premio convierte al esclavo en el trabajador menos estimulado, y permanecer en una esfera extra-monetaria impide que esa masa de productores gaste dinero y opere como multiplicador de la renta, acosando de paso a todos cuantos han de ganarse profesionalmente la vida. Cuanta más proporción del trabajo se encargue al siervo menos cantidad y calidad habrá de empleo remunerado.

El caudillo Galo Vercingetorix rinde sus armas ante Julio César

Para que vean la ausencia de movilidad social: los 16 linajes más influyentes en el 367 AC conservaron su influencia hasta el fin de la República, en el 31 AC. Dicha estabilidad coincide con un sistema de monopolios tan plácido como inflexible, articulado sobre un club de proveedores para lo seguro —suministros militares, obras públicas—, cuya adhesión al ritual se manifiesta en esta esfera haciéndola refractaria a toda suerte de novedades. La rivalidad comercial parece una afrenta tan digna de castigo como la insumisión militar. Pensar la economía política sin reducirla a algún modelo de economía doméstica es un privilegio de unos pocos estadistas antiguos.

En estas condiciones, lo asombroso es que el Imperio sobreviva tanto a un desfase entre un coloso político y un pigmeo productivo. Pero de un modo tanto más implacable como lento, la sociedad esclavista se va desintegrando.

El Ebionismo Hebreo

El misticismo órfico-pitagórico que desemboca en Platón coincide con la corriente profética israelita: “el cuerpo es una cárcel para el alma”. La visión del mundo pobrista entiende que la opulencia mancha, la indigencia purifica, y que descontaminar el mundo empieza limpiándolo de comerciantes, la quintaesencia del pecador.

El culto ebionita da un paso más afirmando que no solo es posible plantar y recoger al tiempo sino prescindir de la actitud previsora en general. Quien ande preocupado por necesidades futuras blasfema consciente o inconscientemente contra la divina providencia. Hasta que punto van de la mano abundancia gratuita y fe lo demuestran la multiplicación del pan y los peces o la del vino en las bodas de Caná.

Jesús, en un alarde ebionita, expulsa a los comerciantes del Templo

Frente a ello la religión del Evangelio libera a los hombres de toda legalidad, y Jesús es por eso un revolucionario incomparable, cuya audacia sería infinita si no añadiese a ello confiar en un cataclismo cósmico tan milagroso como próximo. Será delicado para sus sucesores ver cómo el mundo perdura sin cataclismo mientras ellos crecen en influencia, porque obliga a conciliar el carisma pobrista con el hecho de ser durante más de un milenio el único foco sostenido de opulencia.

La Paz de Dios

La crisis de la sociedad esclavista romana generalizó el pobrismo como consuelo y remedio para su estancamiento. La falta de liquidez impone en el marasmo económico de la alta Edad Media pasar del sub-humano mantenido al siervo auto-mantenido.

En esencia, la Paz de Dios confía el interés común de conquistadores y conquistados a dos autoridades benévolas por definición, quienes “oran por todos” (clérigos) y quienes “luchan por todos” (caballeros), estableciendo que el resto devolverá sus servicios mediante contribuciones en especie. El mecanismo impersonal de oferta y demanda se ha transformado en el vínculo exclusivamente personal del vasallaje, porque “la compraventa perjudica por fuerza a alguno de los contratantes”. Como los bienes constituyen una magnitud fija, los gastos de unos no multiplican los ingresos de otros, y cuantos más ricos haya más pobres habrá: hacer negocios siempre quiere decir estafar.

Nadie atribuye el bajo rendimiento del siervo a la ausencia de otros incentivos que el pánico o la inanición. Pero cuando vías mantenidas por el paso de cautivos se adapten a la rueda, traficar con esclavos empieza a ser menos rentable que mover otras mercancías. Al tiempo que los caminos se desbrozan o inauguran, el bandidaje se frena y el sentido del aislamiento pierde entidad. Ferias desaparecidas reabren o amplían su duración, permitiendo que núcleos urbanos abandonados o reducidos a aldeas se repueblen, y surge el burgo como entidad progresivamente independiente del feudo.

El único comercio relevante en la Europa Medieval eran esclavos para los Otomanos

Cuando comparamos el Imperio romano con el bizantino, el árabe y el chino todo parece diferente, excepto el hecho fundamental de que la clase media nunca pase de pequeña minoría, un estrato móvil y equidistante entre el príncipe y el mendigo. Precisamente eso dejará de suceder en Europa, cuyo destino incluye crear la clase media más amplia y estable de todos los tiempos. Los propios siervos acabarán demoliendo el principio autárquico desde finales del siglo X, y ese derecho de propiedad en principio inútil empieza entonces a cambiarlo todo, hasta el punto de acabar haciendo posible una sociedad sin superiores e inferiores por nacimiento.

Pero es una tarea en gran medida anónima e inconsciente, que va cumpliéndose a lo largo de muchos siglos a golpes de azar y necesidad, donde la civilización occidental solo se adelanta a otras por reaccionar de modo distinto a sus peculiares adversidades.

La Reforma

El fin del medievo en Europa lleva a una revisión del principio pobrista, que traslada el carisma de la indigencia al desahogo tanto en el ámbito católico como en el reformado (a la cuestión moral “¿es lícito comprar barato en un país para vender caro en otro?” toda la Escuela de Salamanca responde afirmativamente en 1556) con “una extraordinaria intensificación del deber de trabajar como idea, cuyo impulso es una producción incrementada”.

Por supuesto estos cambios llegan de forma gradual a diferentes partes del continente, y mientas en los Países Bajos “las mercancías han empezado a viajar solas”, y cunde el respeto por la actividad mercantil en general, el agricultor alemán está sujeto las mismas reglas que continuarán en Cataluña hasta Fernando el Católico: el mejor buey y el mejor caballo, el mejor traje y el mejor apero son heredados por el amo al morir cada siervo. Este contraste entre herencia pobrista y progreso comercial es caldo de cultivo perfecto para que los teólogos de la expropiación como Zevliski, Leiden, y Müntzer, muy admirados por Marx, lideren revueltas que culminan en tremendas masacres humanas.

La Rendición de Breda, por Velázquez

El Ocaso del Imperio del Sol

Ante todo y dejando nostalgias nacionales a un lado, contemplar el hermoso cuadro de Velázquez “La Rendición de Breda”, también conocido como “El Cuadro de las Lanzas”, nos debe provocar la siguiente pregunta. ¿Cómo pudieron los neerlandeses resistir no solo al conde-duque de Olivares y el imperio español sino a la Francia de Luis XIV, hasta hacerse árbitros de Europa desde finales del siglo XVI hasta bien entrado el XVIII?

Pues porque son los mejores comerciantes del mundo, extremadamente avanzados a su tiempo. Por pequeño y mísero que sea un país en materias primas, aceptarse como sociedad comercial les ha dado recursos – nunca mejor dicho fortuna – para superar la codicia y el escándalo de todos los demás juntos.

Y es que puede resultar sorprendente que la prosperidad no es algo prefigurado por materias primas y posición geográfica. Singapur, un territorio ínfimo, especialmente insalubre y privado por completo de materias primas, es una referencia de éxito a nivel mundial, mientras que Birmania, quizá el lugar más rico del orbe por recursos naturales, compite hoy en día con Haití y Sierra Leona en miseria extrema. No podemos atribuirlo a falta de ferrocarriles, carreteras o puertos, sino a que nueve décimas partes de las infraestructuras dejadas por los colonizadores ingleses, incluyendo el obsequio de una lengua planetaria, se echaron a perder con planes patéticos de exaltación nacional.

¿Interesante, verdad? Continúe con la Parte 2 en la que ahondamos en la figura del emprendedor, ese gran ausente en el pensamiento de los padres fundadores, tanto de izquierdas como de derechas.

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