Apología del Comercio (Parte 2)

Continuamos aquí revisando las tesis del libro Los Enemigos del Comercio por Antonio Escohotado. Si no lo han hecho ya les recomiendo que lean antes la Parte 1 de esta serie.

En 1705 Bernard de Mandeville escribe “Zumbido de Colmenas” y en pocas semanas para este folleto de pocas páginas, vendido por las calles a medio penique, se convierte en el mayor super-ventas de la historia inglesa hasta entonces, ya que nadie antes había construido un sarcasmo parecido sobre el pobrismo evangélico. Su tesis central es que el vicio subsidia a la virtud: con el derecho como aliado, la especialización y el interés particular fundan una sociedad incomparablemente preferible a la construida sobre denuestos altruistas. Esta perspectiva resonará medio siglo más tarde en el prólogo de Smith a su famoso tratado de economía política “La Riqueza de las Naciones”.

Sin embargo no adelantemos acontecimientos: todavía impera el mercantilismo como teoría económica, que aconseja solamente vender, no comprar, y atesorar lo único valioso: el metálico de calidad, pero la ruina del Imperio Español es una demostración palmaria de que el metálico no equivale a opulencia para un país, a pesar de los galeones cargados del oro de las colonias. Ese oro al cual Quevedo dedicó los ingeniosos versos de  su poema “Poderoso Caballero es Don Dinero”.

Nace en las Indias honrado, 
Donde el mundo le acompaña; 
Viene a morir en España, 
Y es en Génova enterrado. 
Y pues quien le trae al lado 
Es hermoso, aunque sea fiero, 
Poderoso caballero
Es don Dinero.

El Liberalismo

Y mientras el Imperio se hunde, ¿Qué sucede en el norte? Pues Inglaterra, tras acoger como rey al duque de Orange, heredero de la holanda que derrotó al conde-duque de Olivares, inventa una monarquía ni absoluta ni centralizada burocráticamente. No es una democracia formal, aunque sí un sistema político que se organiza equilibrando el ejercicio de la coacción con una independencia del poder judicial, el legislativo y el ejecutivo, definida por Montesquieu como “moderación” del poder. En lugar de conducir a la guerra civil, decantarse por un “gobierno débil” coincide con uno de los mayores progresos registrados en el vigor y la prosperidad de un país.

“George Washington cruzando el río Delaware”, por Emanuel Leutze

La libertad responsable, núcleo del juego social, tiene visos de idealismo si se toma en cuenta que amos y siervos llevan milenios identificando libertad con irresponsabilidad. Ayuntamientos holandeses y cantones helvéticos llevaban siglos aplicando estos criterios, que ahora prenden en un país gigantesco colonizado por inmigrantes de media Europa: la revolución Norteamericana consagra el liberalismo institucionalmente, que cunde como mentalidad en buena parte de Europa si bien no siempre con resultados felices, como puede verse en la Revolución Francesa de la que tendremos ocasión de hablar más tarde.

Los Pecados del Padre

Cuando uno revisa en detalle el legado de los padres fundadores de una corriente o disciplina con la cómodo ventaja de situarse en el presente, a la vez que se admiran los aciertos cuesta no sorprenderse ante los “pecados” (faltas, errores u omisiones) que a su vez cometieron, en ocasiones con nefastas consecuencias.

Tal es el caso con David Ricardo, uno de los pioneros de la macroeconomía moderna por su análisis de la relación entre beneficios y salarios, así como uno de los principales fundadores de la teoría cuantitativa del dinero. Pero al sólo considerar como elementos económico a capital y mano de obra, su teoría resulta un edificio levantado sobre una cadena de hipotecas que van a pasar su cuenta en la historia:

  • La primera, ignorar que con el emprendedor el proceso económico pasa de cierto flujo circular (producción-consumo) al desarrollo propiamente dicho, merced a la destrucción creativa derivada de sus innovaciones.
  • La segunda, suponer que los negocios rentables surgen y funcionan con tal de tener terreno, equipo y algunos meses de nómina asegurada.
  • La tercera, pensar que el trabajo se reduce a tareas manuales, y omitir que el capital es progresivamente manejo de información, conocimiento.
817-Ricardo-1200
David Ricardo (1772-1823)

Para nosotros, que miramos a posteriori de Ricardo, lo extraño es que alguien tan dotado como inversor, analista bursátil y teórico del proceso económico, que se hizo multimillonario apostando por quién ganará en Waterloo, pudiese al mismo tiempo sentirse parte de un mundo en retroceso, minado por rendimientos decrecientes y crecientes desigualdades de renta.

Basándose en gran parte en la obra de Ricardo, Marx no encontró momento para precisar el origen y número de las clases sociales, ni expuso en ningún lugar la compenetración del fabricante / inventor con el mecenas / inversor que inauguraría la producción a gran escala, ya que ninguna materia prima es un activo comparable a la inventiva. De hecho, la palabra “empresario” (entrepreneur) ni siquiera aparece en su obra, donde la expresión “capitalista” cubre por igual a banqueros, emprendedores, inversores particulares, terratenientes y rentistas.

De hecho Marx presenta a clase como sinónimo de estamento, cuando la sociedad clasista o móvil canceló más bien el inmovilismo inherente a la sociedad estamental. Ese equívoco permitió mucho más tarde al Gobierno soviético ser un órgano proletario sin proletarios, y a Lenin nombrarse delegado del trabajador industrial en un país donde ese tipo de oficio era raro.

Por otro lado la tesis de que la acumulación deriva de hurtar trabajo ajeno depende de una plusvalía nunca cuantificada, y tampoco coincide con la historia de los excedentes agrícolas y mercantiles en Europa. A los problemas de cuantificar dicho hurto debe añadirse que ni la escuela austriaca, ni la clásica ni la neoclásica, discuten una correlación genérica entre precios y costes, ciñéndose la divergencia a admitir o rechazar como costes el premio del empresario y la devolución de los créditos recibidos, dos factores que el marxismo considera fraudulentos por innecesarios.

charlando-con-antonio-escohotado-0502-1454518479
Antonio Escohotado, autor de “Los Enemigos del Comercio”

La Sociedad Abierta

Cuando Marx entra en escena está empezando la época más próspera de la historia humana, pero sus ideas le llevan a pronosticar que el capitalismo se encamina hacia una crisis general a corto plazo, en cuya virtud hasta el más reaccionario de los trabajadores se hará comunista para sobrevivir.

En contra de la premonición de una crisis general, con el capitalismo nació una civilización del hallazgo, donde la sempiterna escasez material dio paso a cosas tan nuevas como abaratadas por su producción masiva. Otros modelos habían relegado el consumo a asunto de segundo orden, cuando la condición de crecimiento sostenido para cualquier sistema industrial es que el trabajador compre una parte creciente de su propio producto. Parafraseando al propio Mandeville, pocos habían reparado que el coste del lujo financia la innovación, transformando el artículo inicialmente prohibitivo en un bien barato.

En definitiva, la teoría liberal se completa al tiempo que la comunista, no como alternativa a ese ideario —por entonces exótico— sino para responder al absolutismo monárquico. El liberal no puede ser conservador, a despecho de que apoye la propiedad privada como institución, porque apuesta por la autonomía individual y quiere consolidarla del modo más inequívoco y práctico posible, que es regulando los deberes hacia terceros. Relativista por vocación, contempla la aspereza de la vida sin esperanza de milagro, tratando de identificar lo propicio para una mayor eficacia del esfuerzo humano. El interés del productor, hegemónico hasta entonces, sólo debe atenderse en cuanto sea necesario para promover el del consumidor.

Es importante constatar que la vida mercantil es un juego reglado con incógnita intrínseca, reñido por ello con el dogmatismo de cualquier verdad inmóvil. El dogmatismo se reemplaza por confianza: en las instituciones, en el cumplimiento de los contratos y en la prestación recíproca de servicios. Esa confianza es el activo más inexcusable y frágil de la economía y tardó siglos en crecer silenciosamente, amparada por una proliferación de tipo orgánico.

Esa condición de apertura permanente a tal o cual resultado opera como un abrelatas para la sociedad cerrada. Y no encuentro mejor manera de expresarlo que cerrando esta parte con las brillantes palabras sobre la incertidumbre de Richard Feynman, un físico estadounidense que recibió el premio nobel por sus enormes contribuciones a la mecánica cuántica, la teoría de la electrodinámica cuántica y  la física de partículas, además de ser un divulgador entusiasta de la física al entender que las contribución más importante de la ciencia no es la acumulación de conocimientos, sino la formación del espíritu crítico individual.

Si te ha gustado este post, la serie se completa con la Parte 3 sobre la Revolución Rusa y el mundo actual. No te lo pierdas!

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s