Sobre Todo, No Seas Gilipollas

Un rasgo muy importante para un emprendedor es la valentía y persistencia ante la adversidad. Una start-up da más reveses que un toro enfurecido y sus fundadores deben tener la piel muy dura para resistir todas las embestidas. Bien, hasta aquí lo que se nos cuenta en todos los libros de autoayuda al uso; pero lo que no se nos dice, tal vez porque se presupone, es que más importante aún es tener sentido común. Controlar el miedo es de valientes pero no percibir el peligro es de temerarios patológicos. Y si decides ignorar signos clarísimos de que estás yendo por mal camino… me tendrás que disculpar pero no eres un emprendedor. Eres un gilipollas.

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Por las redes circula esa chorrada de arriba: “Sé tu mismo, excepto si eres gilipollas. Entonces es mejor que seas otro”. Bromas aparte, ójala fuese tan fácil no ya corregirlo, sino distinguirlo. A veces lo sensato es persistir como los fundadores de Indiegogo que fueron rechazados 90 veces antes de conseguir capital para su compañía, aunque hoy en día son la niña bonita de Kleiner Perkins. Pero en otras ocasiones es bastante evidente. Permítanme que les comparta una breve historia personal.

Mr Chow

Hace bastantes años, después de haber pasado por los dolores de una start-up fallida por las peores razones posibles – puñaladas entre socios – e intentando decidir cómo orientar los siguientes pasos, me dediqué un tiempo a hacer de consultor para otras compañías de base tecnológica. Entre las propuestas que llegaron a través de mi red de contactos apareció un billonario asiático con un proyecto de gran envergadura entre manos. Llamémosle, para mantener el anonimato, Mr Chow.

Cuando finalmente quedamos para vernos en Madrid, mi primera impresión no fue muy prometedora. Más allá del indudable entusiasmo me daba la sensación que Mr Chow, habiendo ganado su dinero en empresas de la vieja economía, no acababa de entender el entorno en el que se metía. Pero me he equivocado antes y frente a una persona con impecables recomendaciones que es mucho más exitosa que yo… money talks.

Así que acepté el encargo y de vuelta a Palo Alto me puse en contacto con uno de las personas que más saben de redes sociales en Silicon Valley, que había estado involucrado desde los inicios tanto de Facebook como de Twitter por su inigualable capacidad para solucionar problemas. El tipo de persona al que Jack Dorsey paga las cervezas y que Mark Zuckerberg invita a su cumpleaños. Yo había tenido la fortuna de colaborar con él en el pasado y no hubo ningún problema en apalabrar 15 minutos de su valioso tiempo. Organizamos una agenda con varios personajes de calibre similar, cerramos fechas y Mr Chow voló a San Francisco junto a sus hombres de confianza.

Desde el momento en que el jefazo bajó la escalerilla en SFO las cosas empezaron a torcerse. Todo lo que quería era irse de fiesta con la excusa de que debía celebrar su cumpleaños. Durante la cena en uno de los mejores restaurantes de Chinatown Mr Chow, nominalmente un devoto musulmán, se bebía los vasos de whisky más rápido de lo que el camarero podía volverlos a llenar. Las botellas se iban acumulando. Mr Chow nos abrazaba, contaba chistes y se reía a carcajadas mientras intentaba decidir qué sórdido club de Broadway visitar a continuación. En ese punto aproveché para despedirme e irme a casa con funestas premoniciones.

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“Suck on these little chinese nuts!”

A la mañana siguiente Mr Chow no estaba a la hora convenida para el desayuno. Le encontramos en su lujosa suite del Four Seasons, entre restos de comida del servicio de habitaciones, botellas de alcohol vacías y algún que otro liguero. El mazazo combinado de jet lag y resaca etílica apenas le permitían moverse o balbucear unas palabras. En modo gestión de crisis derroché excusas por teléfono cancelando reuniones, intentando despejar el día mientras los botones hacían otro tanto con el cliente a base de aspirinas y zumos de pepino con hojas de apio. Pero claro; al consejero de Twitter y Facebook no se le puede cancelar o pierdes la posibilidad para siempre. Así que metimos a Mr Chow en el coche y enfilamos la autopista 101 hacia el sur.

Mr Wolf

Con un poco de intervención divina conseguimos esquivar el tráfico y llegar a Mountain View a la hora convenida. Una linda asistente de impecable sonrisa nos acompañó hasta la sala de reuniones privada, donde nos esperaba mi contacto. Llamémose, también para mantener el anonimato, Mr Wolf.

Mr Chow había experimentado una notable mejoría por el camino y fue capaz de atender las presentaciones de rigor. Se nos ofrecieron bebidas y sin más preámbulos nuestro anfitrión nos preguntó qué teníamos entre manos y cómo podía él resultar de ayuda. Mr Chow, con su flamante atuendo fashion y grandes gafas de sol, reveló a Mr Wolf, con una sencilla indumentaria business casual, su idea para cambiar el mundo:

“Vamos a crear un gestor de tiendas para vender cosas en las redes sociales.”

Por supuesto su explicación se alargó bastante más, repleta de adjetivos y las pausas obligatorias que le marcaba la resaca. Mr Wolf permaneció unos instantes en silencio, agitando la cuchara de su té, antes de exclamar:

“Es una idea terrible.”

Obviamente hacía mucho desde la última vez que Mr Chow escuchaba esas palabras.

“¿Perdón?”

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“I’m Mr Wolf. I solve problems.”

“Sí, esto es algo que se ha probado antes infinidad de veces e invariablemente ha fallado. La sugestión encubierta funciona pero nadie quiere que le vendan cosas mientras está hablando con sus amigos. Y aunque funcionara las propias redes sociales te destrozarían tecnológicamente porque tienen equipos mucho más grandes que el tuyo. Y aunque pudieses innovar más rápido te destrozarían legalmente porque lo que pretendes hacer infringe los términos de uso de la plataforma. No los de un futuro hipotético, sino los de ahora. Lo sé, porque yo los dicté.”

Tras un largo trago, Mr Wolf continuó.

“Eso precisamente le sucedió la semana pasada a una start-up que conozco. Intentaron desplegar una red viral de tiendas en Twitter. En menos de 24 horas los técnicos les habían desconectado el acceso y los abogados les habían enviado una denuncia. Estaré encantado de ponerte en contacto para que hables con ellos.”

Mr Chao, que había logrado recuperar la compostura, le espetó un “no, no lo has entendido” y procedió a repetir la explicación inicial, ahora con muchos más vericuetos y superlativos. Mr Wolf sonrió, concedió que igual se equivocaba y, levantándose, se disculpó educadamente porque por desgracia le estaban esperando en otra reunión muy importante.

Epílogo

Descendimos acompañados de la sonriente secretaria en completo silencio. Yo me sentía contento de que mi juicio coincidiese con el de Mr Wolf y satisfecho por haber hecho bien mi trabajo, convencido de que esta experiencia le abriría los ojos. Llegados al parking donde habíamos dejado el coche le pregunté al grupo de forma casual:

“¿Bueno, qué os ha parecido?”

Con miradas perdidas los miembros de su entourage esperaron a que Mr Chow se decidiese a emitir su juicio:

“Creo que está asustado de nosotros.”

Instantáneamente todo el grupo estuvo de acuerdo. Yo… aluciné. No sé si logré mantener bien la cara de póker, pero en las siguientes semanas me dediqué a potenciar otros encargos que me fueron alejando de este proyecto y me llevaron a mejores aventuras en la cidade maravilhosa, Río de Janeiro.

Por suerte Mr Wolf continuó tomando mis llamadas y tuvimos ocasión de compartir otras actividades más productivas. Y qué decir de la start-up de Mr Chow, que tras varios años y muchos millones de dólares de su fortuna personal sufrió una muerte lenta y agónica. Por un largo espacio de tiempo me pregunté si un “gilipollas” a tiempo hubiese ayudado. Probablemente no.

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Innovar no es ni fácil ni particularmente agradable. Se trata de un camino muy solitario porque si de verdad estás haciendo algo nuevo, rompedor, disruptivo, el común de los mortales – aquellos que aceptan lo rutinario como correcto y no se pueden plantear un mundo mejor – ni siquiera lo van a entender y considerarán que estás loco. Pero también resulta extraño que no haya otras mentes ilustres husmeando por el mismo terreno, persiguiendo oportunidades afines con cuyas experiencias se puede calibrar mejor nuestra brújula interna.

Si realmente caminas solo, plantéate si eres el primero en encontrar el paraíso terrenal, o te estás adentrando en el desierto lleno de espejismos donde se acumulan los huesos de otros tantos exploradores que nunca regresaron.

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Un comentario en “Sobre Todo, No Seas Gilipollas

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