El Mecenas

Eusebi Güell se deleitaba paseando entre los pabellones de la Exhibición Mundial, admirando ese despliegue de ingenio humano tanto en las artes como en las ciencias con el que las naciones participantes competían por la atención del público. Discurría el caluroso verano del 1878 y el bullicioso París era un reflejo de la recuperación tras la terrible derrota en la Guerra Franco-Prusiana hacía menos de una década.

Pero bajo esa apariencia de harmonía entre los pueblos las heridas permanecían abiertas y el Imperio Alemán se había abstenido de asistir al evento. La humillación sufrida al orgullo nacional francés vaticinaba un cambio de alianzas en Europa que convertiría al pérfido enemigo inglés — pocos ancianos eran capaces de narrar con pasión los eventos de Waterloo — en un aliado de último recurso frente a la creciente pujanza de los poderes centroeuropeos, y nadie podía imaginar los horrores que esa rivalidad depararía.

El Palacio de Trocadero, construido para la ocasión, era espléndido. Cobijado a la sombra de sus torres gemelas se podían admirar los Campos de Marte en la orilla opuesta del Sena, donde se encontraba a medio construir ese monstruoso artefacto de monsieur Eiffel que tenía escandalizada a la sociedad parisina. Continuando su camino, Eusebi pasó frente a una enorme estatua de Auguste Bartholdi también incompleta, la cabeza de una mujer coronada por una diadema radiante — al parecer una alegoría de la libertad que iba a ser regalada a los americanos coincidiendo con las festividades conmemorativas de su independencia — y alcanzó su destino, la galería dedicada a la delegación española.

La cabeza de la Estatua de la Libertad durante la Exhibición Mundial de Paris en 1878.

Eusebi había llevado a cabo este viaje para estar al día de las últimas novedades en las máquinas textiles para sus fábricas, pero su espíritu curioso también se había dejado fascinar por otras innovaciones como ese artilugio milagroso del señor Bell que transmitía la voz de forma instantánea — teléfono, si recordaba bien. En cambio en este pabellón nada a primera vista llegó a cautivarle. La familiaridad de los diseños le provocaba un triste sentimiento fatalista. Eusebi aceleró el paso hasta que sus ojos se posaron con desdén sobre uno de los muebles que se agolpaban al fondo de la estancia. Entonces se detuvo en seco, como golpeado por un rayo.

Sin apartar la mirada un segundo rodeó la vitrina con lentitud, absorbiendo cada detalle de esa pieza fantástica: en el coronamiento lucía una cresta metálica con decoración de elaborados motivos vegetales, mientras que el basamento en madera de roble tallado conjuntaba perfectamente con los finos hierros forjados y los contrafuertes ornamentados que aguantaban unos cristales dispuestos de una manera muy inusual, permitiendo una cómoda visión desde cualquier ángulo de los guantes expuestos en su refinado templete con estantes del interior.

El curtido empresario quedó impresionado ante tal combinación de belleza artística y maestría técnica. Ciertamente no se trataba de un avance científico como ese fonógrafo que había visto demostrar al señor Edison por la mañana, pero su propia experiencia le permitía reconocer el talento ingeniero tras la ingeniosa distribución de las cargas que dotaban al conjunto de una ligereza esbelta, casi irreal, sin mencionar los juegos ópticos que hacían converger la mirada con una precisión matemática sobre los guantes que, gracias al templete religioso y las formas florales del marco se nos revelaban como objetos naturales, puros, perfectos; prácticamente meritorios de devoción. Así permaneció Eusebi hasta que la música exterior le sacó de su trance y se apresuró para unirse a los festejos.

Al llegar de regreso a Barcelona se dirigió a la guantería de Esteve Comella para conocer al autor del maravilloso expositor que había visto en París. Allí le indicaron que lo podría encontrar en el lugar donde se había realizado: el Taller de Eduald Puntí, un especialista en la fundición del hierro, carpintería y vidriería que no era especialmente conocido por su originalidad. Eduald, tan incrédulo como incómodo cuando un distinguido miembro de la burguesía catalana se presentó en su fábrica, se limitó a apuntar con el dedo a una de las forjas donde un individuo manchado de hollín y de mirada intensa se afanaba por moldear un alambique de metal.

Taller de Eudald Puntí. En el centro, Antoni Gaudí; a su lado, con sombrero, Puntí; en el margen derecho, también con sombrero, Esteban Comella. En la foto se aprecia también la vitrina.

Así conoció Eusebi Güell a Antoni Gaudí, iniciándose entonces una larga amistad y colaboración profesional que transformaría para siempre Barcelona. Güell se convirtió en el principal mecenas de Gaudí y patrocinador de muchos de sus grandes proyectos, obras inmortales que llevan su nombre como el palacio Güell, las bodegas Güell, los pabellones Güell, el parque Güell y la cripta de la Colonia Güell en Santa Coloma de Cervelló. Güell abrió a Gaudí las puertas de su casa de par en par, le presentó a su familia y a sus amigos — otras familias adineradas como los Batlló y los Milá — brindándole el apoyo económico y moral que necesitaba para triunfar.

Gaudí, hoy considerado un genio, se avanzó a su tiempo con una arquitectura hasta el momento desconocida, con audaces innovaciones técnicas como el arco catenario y los teselados de cerámica, realizando ensayos de resistencias mecánicas de los materiales sin que fuesen aun obligatorios. Cuando las autoridades de la ciudad no le permitieron parar el tráfico del Paseo de Gracia, una de las arterias principales de la ciudad, para construir la Casa Milá, el infatigable Gaudí inventó un nuevo tipo de grúa más ligera se pudiese instalar dentro del propio edificio, desmontando el artilugio y trasladándolo a cada piso superior según avanzaban las obras, pudiendo así levantar la fachada desde el interior — lo que le valió a la Pedrera el sobrenombre de “La Casa de Muñecas”.

“La Casa de Muñecas” en 1906, con la fachada completa pero aún sin los hierros forjados de los balcones.

Desde la comodidad del presente tenemos la tendencia a considerar el pasado como un flujo de acontecimientos inevitables. Sin embargo esa perspectiva no nos permite ver la casual fragilidad sobre la que se sustentan algunos de sus logros más duraderos. Sin Güell, muy posiblemente no hubiese Gaudí. El arquitecto fue desde niño una persona débil, tímida e introvertida, cuya incómoda originalidad y falta de respeto por las costumbres hacía que frecuentemente se le considerara un demente. Ya Elies Rogent, el presidente del tribunal en su escuela de arquitectura, dijo: “Hoy hemos dado el título a un genio o a un loco. El tiempo lo dirá”.

Su obra fue constantemente menospreciada; los críticos de la época la consideraban desproporcionada, absurda y sencillamente fea. Pero Güell continuó a su lado, por razones que no son sencillas de explicar. En una ocasión, Gaudí dijo a Güell, “A veces pienso que somos lo únicos que amamos esta arquitectura”. El otro respondió: “Yo no la amo, sino que la respeto”. Tal vez Eusebi podía mirar más allá que los demás porque recordaba cómo su propio padre, Joan, había sido tachado de “enajenado” al dejar la Torredembarra natal para buscar fortuna en las colonias de Cuba. Y cuando regresó a Barcelona con riquezas considerables, esa misma sociedad cerrada y chauvinista le continuaba mirando por encima del hombro al tratarle de “indiano”; un advenedizo sin el savoir faire de los ricos con pedigrí.

La fachada antigua de la Sagrada Familia

Desde Conexo Ventures también aspiramos a contribuir con nuestro granito de arena. A apostar por esos enajenados que tienen la capacidad de imaginar un futuro diferente y la valentía de abandonar una carrera confortable para hacerlo realidad. Puede ser que nunca lleguemos a amar las creaciones de nuestros visionarios emprendedores con la pasión que les hace levantarse cada mañana y enfrentarse a un mundo que se burla de ellos, les trata de locos y está encantado de mostrarles que se equivocan. Pero sin duda podemos aprender a respetarlos, apoyando su via crucis de pequeños progresos y muchos desengaños hasta que consigan alzarse con la victoria.

Y entonces, claro está, los demás dirán que su triunfo era inevitable.

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